domingo, 26 de julio de 2009

Adios Alelí







Estos días han sido grises... inmensamente dolorosos.
He escrito tantas cosas aquí que no puedo sino escribirle las últimas palabras a una hija/mejor amiga por los 5 maraviollosos años que me regaló de sí, que han significado tanto... y que no dejan de ser un privilegio, un placer enorme de vivir, habiendo estado con ella.
Esa dicotomía tan radical entre la vida y la muerte me sumen en una tristeza enorme; en una sensación de vacío que ha ratos parece mentira. Es un martirio recordar cada segundo y construir la historia previa a su muerte... previa al momento en que un miserable drogadicto pasa las dos ruedas de su auto por sobre la vida de Alelí y de paso por sobre la de nuestra familia.
Pero quiero hacer de esto una despedida liberadora, entre tanto sufrimiento; era tan regalona que este tipo de muerte era impensable. Nuestras imágenes (de Jorge y mías) siempre apuntaban a una muerte provocada por sus problemas de obesidad, quizás postrada en nuestra cama (que era más suya que de cualquiera), mucho más vieja. No a los cinco años. No de esta manera. No sola. No tan injusta e impunemente.
Como sea, la Alelí (Loide, Arerucienta, Arerú, Alelaida, etc.) era un perra en extremo especial. Adorablemente grotezca... roncaba toda la noche y hacía ruídos de cerdo. Dormía hasta tarde y los paseos eran de corta duración para ella. No tenía problemas para meterse al mar o para bañarse. Daba besos exquisitos y se adaptaba a cualquier situación, como los constantes viajes Santiago-Taltal o la llegada de nuestro hijo, su hermano, Luciano. Alelí tenía una conciencia extraña de las cosas y aunque era floja y poco atlética cuando salíamos podíamos volver y encontrarla en los lugares más insólitos; como arriba del refrigerador o echada sobre los muebles. Abría la puerta del refrigerador y seleccionaba sus banquetes pos-comida. Durante los años en que lo hizo perfeccionó su técnica al punto de evitar ocasionar ruidos al hacerlo o de comer los alimentos dentro de la heladera sin sacarlos.
Era intuitiva, muy pocas veces actuaba sin saber porqué hacerlo... por lo mismo no ladraba mucho, salvo cuando considerara necesario hacerlo.
En invierno abría las camas y se "enlulaba": una especie de enroscamiento que hacía entre el cobertor de la cama y la frazada (nunca con más ni con menos capaz, sino sencillamente no se tapaba), podía pasar tardes enteras en eso... le encantaba.
Le gustaban también las pelotas y la gente, y la comida más que nada. Esperaba pacientemente que sus compañeros terminaran de comer para ir por sus restos y si el proceso demoraba mucho se ponía a ladrar para alertarlos y llevarlos a ladrar a los gatos para ella comer de sus platos. Le gustaban todas las cosas prohibidas, como el chocolate, los dulces de todo tipo y - extrañamente - el pimentón (en una oportunidad se comió una escarola entera solita).
Se adaptó a la llegada del bebé de a poquito, y aunque reacia en un principio, su contacto se fue volviendo tan estrecho en el último tiempo, al punto de que nadie le ha sacado una carcajada a nuestro hijo (obviando las cosquillas) como ella. Luciano solía buscarla por las mañanas para que se destapara, tocarla, sonreír cuando aparecía y aceptar con gusto sus lametones.
Alelí era cariñosa aunque sin mover un pelo de la cola. Lamía las orejas y a mi me gustaba morderla... recuerdo largas tardes de estudio acostada a mi lado; a veces se aburría, buscaba la pelota y lloraba para que se la tirara. Su primer año fue de locos, como buen beagle, destrozaba todo cuando se quedaba sola... después de ese tiempo difícil no puedo decir nada que no me agradara verdaderamente de ella. Se convirtió en una perra increible, y aunque a veces nos enojábamos (ella solía enojarse a veces e ignorarme), no duraba mucho.

El último tiempo entendía - así como tantas cosas que comprendía y que aún son un misterio para mi - que volvíamos a Santiago. Andaba extraña, ojos grandes, mirada alerta, orejas hacia atras... era una expresión muy dulce. Miraba cada cosa que hacíamos, y le explicábamos, que empezábamos una nueva vida. Nos íbamos los cuatro, nuestra familia, a un nuevo departamento, a vivir de modo diferente, y le prometía a ella de una y mil formas una vida diferente, sobretodo cuando pasábamos varias horas fuera de casa, y llegábamos a ver su dulce carita de "paja" mirándonos desde la cama.

Puedo contar cada uno de los momentos, desde que la escogí en ese criadero hasta que la tomé en mis brazos sin vida... puedo contar cada día, cada beso, cada abrazo y cada juego. No sé si ella fue feliz conmigo, sólo sé que yo fui inmensamente feliz con ella, y este nudo en la garganta me tiene espectante, tratando de contestarme a mi misma si llegará un momento en que deje de sentir esta pena tan honda, como si algo de mi se hubiese ido con ella.
Gracias gorda por darme, por darnos tanto. Te amo locamente, demasiado. Se siente tu ausencia, y duele.